Dos generaciones de jóvenes inconformes
Como si fuera a propósito, a inicios de este 2012 me propuse leer, durante junio y julio, todo lo relacionado con el contexto histórico, político y cultural de la Guerra Sucia en México durante la década de los setenta.
Y empecé por dos grandes títulos que recomiendo a todos: Parte de guerra. Tlatelolco 1968 y Los patriotas y De Tlatelolco a la guerra sucia, ambos de Julio Scherer García y Carlos Monsiváis.
A la par de mi lectura, decidí detenerme y dar click al enlace que me permite ver, en vivo, la visita de Enrique Peña Nieto en la Ibero. Al inicio, el discurso sobre Atenco y sobre los estudiantes de la Ibero, al más puro estilo priísta de Díaz Ordaz que salta a la vista, no sólo para mí, que me encuentro leyendo los libros ya citados, sino para muchos en las redes sociales.
Después, lo que ya todos conocemos: la cobertura que se hizo en torno al evento, las declaraciones de Coldwell, la respuesta de los alumnos y la respuesta del resto de la comunidad bajo el nombre #Yosoy132. Y a partir de ahí, la guerra de los medios entre la televisión, la prensa escrita, las publicaciones digitales y las redes sociales.
Luego llegó el tiempo de las asambleas y los manifiestos, y la réplica de los medios: el manifiesto de los #Yosoy132 es errático, no piden nada en concreto y, si acaso, lo que piden va en contra de la libertad de expresión (por aquello de la democratización de los medios).
Guardadas las distancias, no puedo evitar encontrar semejanzas entre lo que sucede alrededor del #Yosoy132 y lo que Monsiváis dice sobre el ’68. De hecho, Paco Ignacio Taibo II, sin duda mucho más conocedor que yo, ha hablado ya al respecto.
En primer lugar, la respuesta de los dirigentes del PRI y de los medios controlados, principalmente por Televisa, separa y rechaza el discurso de las marchas mediante la oposición de la razón frente a la locura. Como dijera Foucault, en palabras simples: la palabra del loco no es escuchada, o bien, en un sentido estricto, no existe.
En uno y otro movimiento, desde arriba, se dictamina: estos muchachos, con la valentía irreverente que da la juventud, ni siquiera saben qué es lo que están pidiendo.
Ahí está la prueba: en sus manifiestos, porque nada nos dicen los cientos y miles de asistentes a las marchas y a las manifestaciones –tan fácilmente reducibles en las fotos o en la redacción de la nota periodística–, sólo podemos leerlos a través de la venerable palabra escrita. O bien, se recurre al desprestigio.
Y en uno y otro movimiento, esta exclusión del sistema sólo fortalece a la protesta. Frente a esto, cabe utilizar las mismas palabras de Monsiváis respecto al 68: me intriga por qué el gobierno –y los partidos políticos y el sistema en general– no destacan ni en rigor advierten el impulso de la insurgencia popular.
Dice Monsiváis: “Hay un ’68 por descubrir, lejos de los manifiestos y de las posiciones críticas, un ’68 de estricta resistencia política, del Ya basta organizado por nadie y por todos al mismo tiempo.” (226) Y, más adelante, palabras más, palabras menos, “el Movimiento es muy superior a sus proclamas y a su discurso, y el eje de su modernidad radica en la actitud, no en el discurso.” (229)
Pero tuvieron que pasar más de treinta años para poder llegar a esta lectura del ’68, una lectura que actualiza el movimiento al incorporarle una palabra clave que, si bien no manejó, le corresponde: pluralidad. Lo escribe Monsiváis en el ’99, y resulta tan válido hoy como ayer.
Y aquí, insisto, no quiero decir que los movimientos sean exactamente iguales, pero sí destaco los puntos en común, las exigencias de ayer que todavía no se han cumplido y que, por lo tanto, siguen vigentes. Un “Ya basta”, otra vez, organizado por nadie y por todos.
Lo que más preocupa es que, mientras resulta necesario guardar las distancias entre el movimiento del ’68 y el movimiento #Yosoy132, cuando se analiza el discurso del PRI de entonces y el de ahora, se revela esencialmente el mismo o, al menos, las semejanzas son notables:
Díaz Ordaz lanza el ultimátum, da lecciones de civismo, explica su plan de gobierno, previene a los jóvenes: “deben tener ilusiones, pero no dejarse alucinar” (Parte de guerra… 204)… cuando Luis Echeverría toma el mando, se quiere reducir el ’68 a la categoría de “incidente lamentable”, y para ello se prosigue el linchamiento moral de las víctimas. Se dispara contra la muchedumbre indefensa, se fabrican “conspiraciones”, se detiene a centenares de jóvenes por el “delito” de manifestarse, se oculta […], se festeja el cinismo… (241)
La Cámara de Diputados […] se extasía: “Las medidas tomadas por el Poder Ejecutivo Federal (sustituya aquí por Estatal o Municipal, según corresponda), para garantizar la paz de México, corresponden a la magnitud de los acontecimientos y a la gravedad de las circunstancias” (241)
En 1998 […], el PRI rechazó la mínima autocrítica. En la Cámara de Diputados, el líder Arturo Núñez, junto a su bancada, se negó declarar el 2 de octubre día de luto. Y la argumentación priísta es la de siempre: “Nos oponemos a todo lo que divida a los mexicanos”. (256)

