Últimos días en la Habana: un estar en el tiempo

Por Laura Itzel Domart

Tw: @LauraDomart/Ig: @itzeldomart

Cuba es ese tiempo detenido en medio del mar, esa circunstancia que inquieta al espectador con prisa. Últimos días en la Habana (2016) de Fernando Pérez Valdés no habla de la mítica isla, sino de la cotidianeidad de sus habitantes, de la vida cayendo a palos en cualquier rincón del mundo. Diego y Miguel son dos amigos que viven en un modesto apartamento en las inmediaciones de La Habana. El primero se encuentra recluido en su habitación mientras vive la fase terminal del SIDA. El segundo trabaja de lavaplatos en restaurante privado, pero añora viajar a Estados Unidos.

Fotogramas de “Últimos días en la Habana”

Este nuevo film de Pérez es original en la medida en la que trabaja con la personalidad de cada uno de los personajes; sin embargo, abrevar de clásicos como Fresa y chocolate (1993) no siempre es una buena elección. Digamos que pierde singularidad cuando en realidad tiene todo para defenderse a sí mismo. Diego (Jorge Martínez) parece la continuación del ya legendario Diego (Jorge Perugorría) de Gutiérrez Alea y Senel Paz. No obstante, lo que puede ser peligroso también es afortunado, pues en Últimos días en la Habana el punto no es la rareza de una amistad entre un gay y un heterosexual, sino el ineludible paso del tiempo.

 

En otros términos, la intertextualidad a la que recurre el cineasta cubano sirve de sostén para hablar del tiempo actual. Si bien, la intención de Pérez no es adentrarse en discusiones ideológicas, el temple de cada uno de los personajes permite aterrizar en la Cuba y en los cubanos de hoy. Miguel (Patricio Wood) representa ese hombre adusto, que sin mayores explicaciones sólo busca huir a Nueva York. Por su parte, Yurisleydi (Gabriela Ramos) se presenta a sí misma no sólo como sincera, sino como esa “nueva” juventud que dice lo que piensa.

De este modo es como se conforma un pequeño mundo alrededor de los últimos días de Diego. Un mundo sin-tiempo. “¿Qué hora es?”, le pregunta a Yurisleydi a su tío. “El reloj está allá afuera porque en este cuarto el tiempo no existe”, responde su tío. Ese estar en el tiempo, no sólo corresponde al universo de los personajes sino al de todo un país. Con una especie de sinécdoque, Pérez muestra a una Cuba tan diversa como sus vicisitudes lo demandan.

Fotogramas de “Últimos días en la Habana”

En el transcurso de la película nos encontraremos con personajes particulares, propios de la realidad cubana: un jinetero, un chofer que añora su pasado, una vecina leal, unos jóvenes rebeldes. Esta diversidad de edades y temperamentos marcan la vitalidad narrativa no de un país, sino de quienes habitan en él. Es decir, representan la vivacidad del cine, del arte, de la vida, del hacer en Cuba. Por ello, este film merece no sólo los premios al mejor cine iberoamericano, sino la mirada de nosotros: sus espectadores/sus personajes.

Fotogramas de “Últimos días en la Habana”

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