Sobre Lesvy y la precarización de la vida

Por Laura Itzel Domart/@Laura Domart

Sé poco de feminismo, prácticamente nada. No sabría definir con precisión los nuevos conceptos para tipificar los distintos tipos de violencia. La contingencia es avasalladora y con esfuerzos puedo imaginar la muerte. No obstante sé, con temor, que en México al día: mueren siete mujeres, desaparecen trece personas y, cincuenta y seis más son asesinadas. Es decir, la muerte no tiene género; sin embargo, los motivos por los cuales mueren unos y otros sí son diferentes.

Marcha 5 de mayo en CU. Foto: Laura Itzel Domart

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada tres mujeres padece violencia física o sexual y el 38% son asesinadas por su pareja íntima. Para el caso específico de México, la muerte de hombres jóvenes está vinculada a conflictos con el crimen organizado, el cual se distingue por tener mayor presencia varonil. Cualquiera que sea la razón, lo cierto es que estamos ante una silenciosa guerra fratricida.

Ahora bien, puse (intencionalmente) la causa por la cual mueren ciertos jóvenes mexicanos, pues en el discurso se enuncia una clasificación, per se, de las muertes. Por ejemplo, al anunciar las causas de la muerte de Lesvy Berlín Rivera Osorio, cuyo cuerpo se encontró en las inmediaciones de la UNAM, las autoridades expusieron que no estudiaba, era alcohólica y drogadicta. Esto, con un afán de minimizar la muerte, no la de Lesvy sino de todas las personas cuyos rasgos fueran similares.

Este discurso selectivo sobre las muertes no es nuevo, es antiquísimo en la historia mundial. Sólo que en México se recrudeció con la llamada guerra contra el narcotráfico. El gobierno de Felipe Calderón concluyó su sexenio con un estimado de 120 000 muertes y Enrique Peña Nieto conservó la tendencia de 20 000 muertes por año. Por lo tanto, el Estado mexicano ejerce una política de muerte: soberanía sobre cuáles muertes valen y cuáles no (A. Mbembe, dixit).

En Marcos de guerra, Judith Butler manifiesta la precarización de la vida. Si bien sabemos que la vida como tal se origina en indefensión, hay modos de recrudecer la vulnerabilidad de ciertos sectores sociales sobre otros. Ejemplo de ello son las altas cifras de feminicidios en el Estado de México, las cuales se concentran en territorios marginados; es decir, hay una territorialización de las muertes violentas. Si el mapeo continuara encontraríamos un foco rojo de muertes violentas justamente en zonas pobres, en aquéllas donde la seguridad de todos los tipos es nula, donde el Estado no cumple sus funciones.

Las formas de vulnerar la vida de los otros son infinitas pues pueden manifestarse de distintos modos, desde en qué territorios de una nación se concentra una guerra hasta no proveer de agua a la periferia. Empero, las nuevas dinámicas de gobernar no sólo quebrantan la vida sino también la muerte: ¿quién es digno de duelo?, se pregunta Butler al recordar las cifras de muertos al día. Cuestión de estadísticas, respondería la poeta Piedad Bonnett para referirse a las muertes de niños, jóvenes y militares. En este mundo donde la muerte ha dejado de tener rostro, yo también me pregunto: ¿quién es digno de ser nombrado al morir?

Regresando al caso de Lesvy (y no Lesby ni Leslie), las preguntas se me revuelven aún más. Cuántas veces en los últimos diez años no escuchamos respuestas similares: era drogadicto, se dedicaba al narcotráfico, era alcohólico; o bien, para el caso de las mujeres: para qué salió de noche. El discurso puede variar, pero se une en su intención: desestimar la responsabilidad de los otros y minimizar el estatus de ciertas muertes. En consecuencia, estamos ante una clasificación de las muertes, entre las que sí valen y las que no.

Por fortuna en medio del desierto siempre hay cactus, ésa irreductible esperanza de vida. Como la oleada de manifestaciones virtuales, en las que miles de usuarios crearon escenarios imaginarios sobre qué dirían las autoridades mexicanas si se murieran: #SiMeMatan.  Las posibilidades fueron variadas y creativas, pero el fondo de éstas era aún más trascendente: nadie merece ser asesinado. Diría el cantautor Víctor Heredia: “Quiero elegir el día para mi muerte”.

Situación compleja en sí y aún más cuando las viejas enseñanzas políticas surten efectos en medio de la crisis. Divide y vencerás, dijo el viejo. Por ello, hoy, desde mi humilde posición de anónima sólo me resta proferir que me gustaría que todos y todas, sin distinción, podamos llegar a viejos. Que hoy, cuando es tan fácil tropezar con los muertos, importe más conservar la vida y no los edificios que poco a poco se van vaciando. Entre todo puedo olvidarme de un pedazo de concreto, pero no de los ausentes que van dejándome sola.

Marcha 5 de mayo en CU. Foto: Laura Itzel Domart

 

Marcha 5 de mayo en CU. Foto: Laura Itzel Domart

Marcha 5 de mayo en CU. Foto: Laura Itzel Domart

Marcha 5 de mayo en CU. Foto: Laura Itzel Domart

Marcha 5 de mayo en CU. Foto: Laura Itzel Domart

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