Reportaje: El coaching coercitivo en México; la falacia de la superación PARTE I

¿Arquitectos de sus sueños?

Por Cristina Ochoa

@TheCris8a

Sube la música y un grupo se aglutina al centro. La voz del argentino Diego Torres enciende la enjundia de quienes están en medio de la pista: “Sé qué hay en tus ojos con sólo mirar que estás cansado de andar y de andar y caminar girando siempre en un lugar”.

El grupo canta a gritos mientras mueven sus cuerpos al son de la melodía:” Saber que se puede, querer que se pueda. Quitarse los miedos, sacarlos afuera. Pintarse la cara (“¿CÓMO?” poniendo las manos en las orejas, como quien quiere oír mejor) color esperanza, tentar al futuro con el corazón”. Las manos al pecho mientras se contonean en modo de abrazar a alguien. Es la boda de dos miembros de un grupo de coaching coercitivo.

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Aparentemente, lo único que desentona en el escenario es el exceso de felicidad del conjunto al centro. Los contratos de confidencialidad que firmaron a la empresa Elige ser, enmascaran algo más, mucho más. Priscila (nombre cambiado a petición del testimonio) y su pareja entraron al grupo de “coaching ontológico” Elige Ser –ubicado en la colonia del Carmen, Coyoacán– hace dos años. Su situación de ingreso fue la misma que la de la mayoría de los miembros de estas empresas: una persona cercana te invita a “vivir una experiencia maravillosa”, que te ayudará a cambiar por completo tu vida. En su caso, un compañero de trabajo de Priscila, una mujer ejecutiva, le persuadió para llevar a su hija mayor –quien pasaba por una fuerte depresión– a participar en un curso de liderazgo que le daría las herramientas para cambiar su situación.

Primero fue la joven de 18 años, siguió Priscila, su marido y al final, algunos de sus amigos. “Ella cambió mucho, se molestaba. Estaba muy distanciada de mí, yo no contaba con su presencia. Se sentía importante, que no tenía tiempo. Cuando le preguntabas por el curso no platicaba, sólo se ponía a llorar, pero decía que ahí la estaban ayudando”, comenta su madre.

Cada compañía llama de distinta forma a los niveles que el  participante debe cubrir (algunos los nombran nivel, otros lex, otros más glad, gold, etc.); sin embargo, el procedimiento es el mismo: para su “graduación” los miembros debe llevar a un cierto número de enrolados, para que, de esta manera, el negocio siga funcionando. Quienes no cumplan con su número meta, habrán fallado a todo el grupo.

“Yo llegué a escuchar que a mi nieta la habían hecho vestirse de ‘la vida galante’ y la mandaron a un crucero a limpiar vidrios. A mi hija la pusieron a pelear con una mujer más grande que ella. A mi yerno, lo mandaban a que se vistiera de mujer, así salía en su carro y eso no fue una vez”, relata la mamá de Priscila. Hay una dinámica en estos grupos que es la del buddy, un compañero que te asignan para que esté al pendiente de tus actividades: tienes que avisar todo lo que haces en el día, tus avances y cada que tu compañero necesita tu ayuda o quiera salir del curso, debes acudir en su ayuda, e incitarlo a permanecer en el programa. Si no lo hace, es culpa tuya y todo el grupo fracasará por ende.

“Una vez fuimos a recogerla a ese lugar, no sé decirte cómo es, sólo recuerdo que era una casa muy grande y muy oscura. Yo fui a recoger a mi hija, pero no pude entrar, la gente que iba ahí vestía muy elegante. A la hora que los llamaran, ellos salían”. El momento que refiere la mamá de Priscila es el día de su “graduación”, a la cual deben ir vestidos formalmente e invitar a alguien a quien quieran demostrar su progreso. Luego de la boda que el grupo de coaching patrocinó, su mamá afirma que la familia ya no se encuentra en el curso, probablemente porque su estabilidad económica quebró. La situación en el matrimonio empeoró. El ahora esposo de la ex mujer ejecutiva (ella perdió su trabajo), comenzó a manifestar síntomas de depresión propios de una persona que después de salir de estos grupos vive un shock al readaptarse a la vida cotidiana. Su hija de ocho años (a la que dejaban sola por las noches cuando sus compañeros los llamaban por la madrugada para reunirse) ha necesitado terapia psicológica pues el ambiente familiar , según refiere la señora, ha empeorado (incluso se ha desatado la violencia física en el matrimonio).

Vivir la superación personal

El coaching coercitivo es una práctica de “superación personal” que a través de un método en el cual predomina la reforma del pensamiento, busca mantener el poder mental y económico de una persona. Dichos cursos de liderazgo cumplen las siguientes características: ofrecen crecimiento personal. Entrenamiento a través de niveles, así como el enrolamiento mediante invitación, es decir, solamente pueden ingresar personas que hayan sido persuadidas por alguno de los participantes. Promueven la práctica de reforma de pensamiento a través de sesiones muy largas; cambios en la temperatura del ambiente (las sesiones se dan en lugares cerrados y aislados); sentimiento de pertenencia al grupo y contratos de confidencialidad que impiden al individuo comentar las actividades que realizan ahí.

“En realidad el ‘coach’ está hecho para ser usado dentro de un ámbito de trabajo. La idea es que el coach te va a ir dando herramientas para que dentro de tu puesto operativo puedas generar mayor productividad, más empatía con tus empleados, menos conflictos en la comunicación laboral. Hay un análisis previo de tus capacidades incluso cognitivas. Pero en ningún momento puede ir y meterse con tu vida personal, con tus sentimientos, es decir, que se meta con su psique”, comenta Betzabé Ávila, licenciada en psicología por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), psicoanalista y una de las pocas personas involucradas en el análisis e investigación del coaching coercitivo en México.

Política y superación personal

Gabriela Cisneros, miembro activo del Partido Acción Nacional (PAN) y ex participante de Transforma-t –cuya sucursal se encuentra en Satélite – afirma que este tipo de asociaciones son “una pequeña secta de culto al desarrollo humano”.

Cisneros entró a este grupo a través de un compañero del partido político. En una asamblea, su colega la invitó a participar en su equipo de campaña, para ello, debía primero asistir a una capacitación, un curso de liderazgo.

“Al principio como que está calculado. El coach se presenta muy carismático, hasta cuenta chistes. Te presentabas y al final te leían el reglamento: tenías que ser puntual porque ‘¡a nadie le gusta esperar!’; no podías utilizar el celular más que en los descansos; no había salidas al baño. Las primeras sesiones se pasan así, con dinámicas muy bobas, después el coach que era ‘buena onda’ cambia totalmente. Nos gritaba a todos que éramos unos ‘pendejos egoístas’. Ya después era individual”, comenta.

Al final del nivel, en su “graduación”, les dan explicaciones justificando sus regaños; implementan dinámicas de abrazos y los incitan a bailar, según afirma Gabriela, para cansarlos físicamente. Los llevan a entrevistarse con la persona más importante en su vida (una dinámica en la que hablan frente a un espejo) y tras una serie de actividades emotivas, les venden el siguiente nivel del proyecto. Uno de los puntos clave del éxito de estos programas es el uso del “quiebre emocional”.

Al inicio del curso, los futuros participantes deben llenar una hoja de ingreso en la que exponen los motivos por los que necesitan esta guía: hay personas que han sufrido violaciones, con problemas de autoestima, matrimonios en crisis, etcétera. Una vez que ellos conocen tus puntos débiles, los utilizan como arma para hacerte sentir que necesitas estar ahí. “Del segundo nivel yo sólo aguanté el primer día. Tenías que ir en traje de baño. Las mujeres en bikini y los hombres en calzón súper chiquito. Te ponen en un centro y te empiezan a gritar lo que ‘eres’: ‘un pinche alcohólico’, ‘un mujeriego de mierda’ y así. Y el staff –un grupo de graduados que están de apoyo para “prolongar su experiencia” (es decir, trabajan gratis) – si no ve que tú le estás gritando a quien se encuentra en el centro, te empiezan a persuadir para que lo hagas: te gritan que eres un ’vendido de mierda’ y ahí entras tú a gritar también”., cuenta.

Gabriela presentó una queja ante la Procuraduría Federal del Consumidor (PROFECO) en la cual, por ser una organización conciliadora, le dijeron que mientras la empresa –que según le dijeron, estaba perfectamente registrada– asistiera a las auditorías correspondientes, no podrían hacerle algo en su contra. Según comenta, su única alternativa era interponer una demanda por publicidad engañosa, lo cual no hizo por los costos que representaba realizar este proceso.

Como recurso final, la militante del PAN le hizo “propaganda negra” a la empresa, con comentarios sobre su experiencia en sus redes sociales, mismos que fueron borrados; además, creó el grupo en Facebook “No más coaching coercitivo”, donde familiares y ex participantes de estos conjuntos exponen sus casos.

 

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