Caperucita Roja y Los Porkys feroces

 Leyes mexicanas que perdonan todo

Texto y fotos por Andrea Triay

@triayandrea

Este caso sólo es una muestra de las muchas barreras y obstáculos que las mujeres enfrentan en el acceso a la justicia, especialmente en el ámbito de la violencia sexual.
 Ximena Andión, Directora del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir

 

México es un país donde las denuncias sobre abuso sexual desaparecen. La ley es el lobo del cuento de Charles Perrault que se disfraza de la abuela cariñosa de Caperucita Roja y termina por devorarla.

En enero del 2015, Daphne Fernández fue abusada sexualmente por Enrique Capitaine Marín, Jorge Cotaita Cabrales, Diego Cruz Alonso y Gerardo Rodríguez en el municipio de Boca del Río, Veracruz. La mediatización de la noticia ha provocado un mar de información y desinformación sobre el caso, eso sin contar que los abogados de los jóvenes implicados han aprovechado cualquier hueco en el discurso legal para exonerar a sus clientes.

Se ha vuelto una tarea casi imposible reunir todas las piezas para describir qué fue lo que sucedió la noche en que Daphne fue violentada. Es del dominio público qué ocurrió en ese entonces, pues ella era menor de edad mientras que los cuatro jóvenes ya habían cumplido la mayoría de edad (esto permitió hablar de pederastia). Es público también qué sucedió en el auto que conducía Enrique Capitaine: Diego Cruz iba en el asiento trasero y le introdujo los dedos en la vagina, Jorge Cotatita (prófugo) participó en tocamientos y manoseos junto con Gerardo Rodríguez (exonerado).


Leer sobre el caso de “Los Porkys” nos enfrenta ante una infinidad de términos jurídicos en donde no es lo mismo “manosear” que “toquetear”, “penetrar con los dedos” que “penetrar con el pene”. Donde las declaraciones de los implicados tienen un valor definido por el juicio de personas que buscan víctimas que lloran y acusados psicópatas.

Muchos cuestionaron el caso por lo que culpabilizar a Daphne no fue difícil, pues presentó su denuncia hasta mayo del 2015; pero en la ley mexicana no cabe que las víctimas de abuso sexual deben comprender que lo que les pasó no fue culpa suya y que todo ocurrió contra su voluntad para después presentar una denuncia.

Los acusados dictaron su declaración hasta el mes de septiembre. Daphne y su padre presentaron la denuncia con esperanza de justicia pero solamente después de la mediatización del caso se evitó que desapareciera como otras tantas denuncias de abuso sexual. Sin embargo, el costo fue que la vagina de Daphne sea del domino público.

¿Cuántas veces habrá contado Daphne la misma historia?… “Sus dedos en mi vagina”, “sus manos en mis senos”, “subían mi falda”, “estaba asustada”, “no entendía qué pasaba”, “les decía que pararan y seguían”. ¿Cuántas veces habrá tenido que escuchar “para qué te pones falda”, “seguro también querías y te arrepentiste”, “sólo quieres sacarles dinero”, “deberías agradecerles que te tocaron”?

La ley lobo de este cuento todavía no se come a esta caperuza pero parece que no dejará de intentarlo. Diego Cruz Alonso obtuvo un amparo porque el juez Anuar González Hemadi consideró que no hay suficientes elementos para acusarlo y las miradas regresaron al caso Porkys.

No podemos olvidar que vivimos en un país donde el deber de la víctima es demostrar que ha sido violentada, donde es responsabilidad de las mujeres cuidarse para evitar que abusen sexualmente de ellas. No hay ley que nos proteja ni educación para que los hombres dejen de sentir el poder de violentar a las mujeres. Ese poder que tiene el lobo en el cuento de Caperucita Roja, donde “no es nada extraño que se coma a tantos”.

 

 Vemos aquí que los niños -y sobre todo las niñas bonitas, elegantes y graciosas- proceden mal al escuchar a cualquiera, y que no es nada extraño que el lobo se coma a tantos. Digo el lobo, pero no todos los lobos son de la misma calaña. Los hay de modales dulces, que no hacen ruido ni parecen feroces o malvados y que, mansos, complacientes y suaves, siguen a las tiernas doncellas hasta las casas y las callejuelas. ¡Y ay de quien no sabe que estos melosos lobos son, entre todos los lobos, los más peligrosos!
Charles Perrault, 1697

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