Crónica: Una noche en “La Puri”: “Tal vez no quieres ser puto”

Tal vez no quieres ser puto

Por Victor Valencia Yeo

@Yeo_Vi

Fotos: internet

“¡No mames!, ¿fuiste a un bar gay?, yo nunca iría a un lugar así”, estas palabras salieron de la boca de tu amigo mientras le comentabas tu última salida nocturna. Tú lo hiciste, fuiste. Quisiste olvidar los prejuicios que se inculcan en la sociedad donde naciste, creces y seguramente, morirás. Pero la pregunta que te debes hacer: ¿los eliminaste?

 

Una salida más con amigos, no hay problema. Toda la organización la hicieron un día antes, en la escuela. Ya estaban todos listos. Te encontrabas emocionado de experimentar un lugar nuevo. Tu mente “liberal” de universitario dio una vuelta enorme cuando escuchaste esta frase: “es un bar gay. Nunca imaginaste lo que causaría la idea de ir a un sitio donde tu orientación sexual es minoría.”

 

El metro es testigo de que tratas de eliminar tus prejuicios. Mientras ibas de camino hacia abrir las puertas de tu mente en “La Puri”, recuerdas que la comunidad LGBT es una de las más discriminadas en México. Tú no quieres ser una persona más que discrimine a siete de cada diez.

 “Güey, ¿al menos conseguiste a alguien?, ¿te imaginaste a alguna chica mientras estabas ahí?”, son las palabras de tu amigo que, implícitamente, te reprocha no ser tan heterosexual como él. Recuerdas sus peripecias con cuanta mujer se le acerca, cada fiesta a la que va. Sabes muy bien lo que viviste y no te arrepientes de nada. Ríes de lo sucedido esa noche de diversión.

 La entrada con colores neón: rojo y azul, te recibe con los brazos abiertos. Te colocan una pulsera en tu muñeca para entrar; tiene una frase muy particular: Soy puto. ¿De verdad lo eres, o sólo es el encasillamiento que te otorga ese lugar? La teoría queer está explícita: usan esta palabra prejuiciosa a su favor para quitar su sentido peyorativo. Tratas de liberarte de lo que en tu mente se ha construido durante tu vida, lo recuerdas bien, así que te burlas de aquellas palabras en todo momento. Eso no se lo contaste a tu amigo.

 El cúmulo de gente que te rodea es gigantesco. Calor, sudor, cuerpos pegados y mucha cerveza. Colocas una cara de sorpresa entre la oscuridad impuesta al ver a tres hombres sin camisa bailando en una tarima. Tus ojos se abren más cuando, en el centro de la pista, hay una plataforma elevada con un tubo, donde un sujeto, en licra negra, hace splits y se coloca de cabeza. Apenas puedes ver su rostro. Todo eso es nuevo para ti.

Tus compañeros de fiesta te cuestionan en cada momento sobre qué te parece lo que sucede a tu alrededor. Tu sonrisa es sincera, pero demuestra nerviosismo e impacto. Aceptas cambiar de sala en cuanto te lo proponen. El calor en el lugar, el olor como vagón del metro en hora pico y querer hacer una llamada telefónica son las situaciones que te llevan a gritar que sí a su propuesta y salir.

Bailas con una chica en el bar, fue muy random, simplemente se teacercó. Le contaste esa experiencia a tu amigo para no quedar mal ante sus ojos heterosexuales, pues esa es la norma que rige en el grupo social fuera de la escuela. Ese lugar donde cruzar demasiado las piernas, no querer golpear a alguien por el simple hecho de caerte mal o no chiflarle a una mujer por la calle te hacen ser puto.

Te refrescaste, hiciste la llamada y llegaron los compañeros de fiesta que faltaban, ahora sí debes estar en todo momento dentro y rodeado de gente que baila y toma sin control, a la cual no reconoces por la penumbra del lugar. Te colocas al lado de los baños de hombres: “queda prohibido mamar”, dice el letrero neón colocado arriba de la entrada. Este lugar no deja de sorprenderte con sus frases, llamémosles, ingeniosas.

La fiesta comenzó a las 10 de la noche, hora perfecta para bailar y divertirte con tus amigos. Te concentras en ellos, tu alrededor ya no existe, pues te encuentras a salvo entre la gente que conoces, de la cual sabes sus gustos y no son desconocidos. ¿No ibas a olvidar tus prejuicios? Tal vez aún no estás listo, pero ya diste un gran paso al estar en ese lugar olvidado por los heterosexuales, como si no existiera si ellos no lo miran. Tú no lo conocías.

El perreo, la cumbia y hasta la del sapito, fueron piezas que bailaste hasta tarde, y que causaron euforia en cada persona que visitó el lugar el mismo día que tú; esto era reconocible por los incontables “uuuhhh” que llegaban a tus oídos. Olvidaste tus prejuicios por un momento. Subiste a la plataforma del tubo. Observaste a toda la gente que estaba debajo de ti,  no con superioridad, sino con ganas de contagiarte de su alegría, su danza, su energía para seguir.

 Ya no te importaba estar en el bar gay. Tú sólo fuiste a divertirte como nunca antes lo habías hecho. Dieron las tres de la mañana. Cansado y con algo de alcohol en tu interior querías continuar, como si fuera tu lugar más frecuentado, pero ya no pudiste. El DJ despidió a todos “hasta el próximo jueves”. Sales con una sonrisa, agotado, con tu pulsera morada que mantenía la frase: Soy puto.

  “Creo que soy muy homofóbico como para ir a un lugar así”, escuchas atentamente mientras caminas al lado de tu amigo. Te preguntas si tú lo eres, lo que viviste ayer fue algo muy nuevo. Te deslindaste lo que pudiste de tus prenociones construidas durante tus 19 años que llevas en este mundo. Ahora, ¿volverías?, ¿te sentiste a gusto en ese lugar?

La Ciudad de México te recibe con un clima frío sobre el Eje 1 al salir de “La Puri”. Hablas con tus compañeros de fiesta sobre lo sucedido. “Sí, se puso bueno, debemos regresar”. Asientes con gusto porque la pasaste bien, te divertiste y bailaste más de cinco horas seguidas. Tal vez no volverías. Probablemente no te sentiste tan a gusto. Quizá lo “liberal” sólo tienes en la escuela. Es difícil olvidar tus 19 años de prejuicios. Tal vez no quieres ser puto.

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