Vivo en una Europa llamada Ecatepec, que no le pide nada a Suiza. Tenemos un teleférico.

“Pensé que el lugar donde yo vivo (Iztapalapa) estaba feo, pero esto es peor”

Texto por Valencia Yeo Víctor Arturo

@Yeo_Vi

Fotografías: internet

Siempre ha sido duro vivir en Ecatepec. Alguna vez me criticaron por describirlo como un barrio pesado, pero creo que la palabra define de maravilla a este municipio del Estado de México. No le otorgué ese adjetivo haciendo referencia a la fuerza gravitacional que le ejerce el planeta a la porción de terreno, sino por todo lo que lo rodea.

En octubre del año pasado se inauguró el Mexicable, el teleférico de Ecatepec. Con dinero en mano y ganas de volar como Superman, pero en una cabina, salí de mi hogar para montarme en los habitáculos y subir el cerro de La Cañada.

El microbús, con el típico cartel de letras verdes que tenía el lema: Indios Verdes. La Raza, fue el armatoste que me dejaría en la estación 1 del Mexicable: Santa Clara. Cada metro que avanzaba, sonaba toda la carrocería, como si se fuera a desarmar en cualquier momento. “Al rato me acompañas a cambiarle las balatas con el Buzz”, mencionó el chofer, a través de su celular,  mientras le daba permiso a “La Güera” para vender tridents.

Limpia parabrisas, personas indígenas, niños haciendo malabares, gente vendiendo dulces y migrantes que piden dinero, son los personajes que conviven en cada esquina de Ecatepec. “Aquí adelante está el ‘Mecsicable’, joven”.

Bajar de aquel microbús destartalado, con los vidrios estrellados y esos asientos donde una persona alta no cabe, es un alivio, pues la estación del teleférico cambia la visión del municipio. Pavimento gris claro recién puesto, tres elefantes con arte abstracto como piel, policías por todos lados y gente de mantenimiento que riega las plantas y mantiene impecable esa pequeña porción de la vía Morelos me hace creer que estoy en algún país primermundista, como Suiza.

Ecatepec sí es un barrio pesado. Mis amigos que vinieron hasta este lugar miran con terror a cualquier persona extraña: “no digas nada malo sobre aquí, nos pueden hacer algo”; “pensé que el lugar donde yo vivo (Iztapalapa) estaba feo, pero esto es peor”, son algunos de los comentarios que me dicen antes de subir al Mexicable.

La mayoría de las personas que llegan al teleférico lo hacen con cámara en mano, con la boca abierta, lentes oscuros y gorras para cubrirse del sol, como turistas en cualquier lugar famoso del país o del mundo. Esa impresión que tengo sobre la gente que sólo va a pasar un buen rato en este medio de transporte se incrementa cuando, al pasar los torniquetes, lo primero en ser visibilizado por todos es una tienda de souvenirs.

La estación está ambientada para que no se sienta el calor de la calle. Hay policías en todos lados, personal de servicio que se preocupa y una amabilidad que en ningún otro lado del municipio la puedes encontrar. Me siento en otro lado, no me siento respaldado por la gente que conozco. No me siento en Ecatepec.

Las escaleras para subir a las cabinas son cortas. Al menos 10 metros de altura nos separan de un viaje que me emociona y asusta lo mismo que un juego mecánico de Six Flags. “Buenas tardes”, nos recibe una mujer que trabaja en el teleférico. Sin existir un paro total en una de las 185 canastillas de acero y plástico pegadas a un cable de metal por la parte superior con una especie de palo de acero, abordo junto con mis amigos para hacer un trayecto de 17 minutos, tiempo estimado, o al menos eso dice la línea que está pegada en la pared.

Cada centímetro que sube la cabina, se observa algo distinto en la parte de abajo. Casas en obra negra, rocas en la falda del cerro por causa de derrumbes, terrenos baldíos, calles extremadamente empinadas, mucha basura en las calles y animales de granja; estas son algunas experiencias que deleitan mis ojos.

Toda la marginalidad de Ecatepec fue escondida detrás de una fachada cultural y colorida. Murales en muchas casas de tres o más pisos; rosa, verde y azul decoran las paredes de ladrillo del 70% de las moradas; perros en las azoteas decoran la parte superior de muchos hogares; escuelas pequeñas y poco cuidadas se pueden observar en la parte inferior; además de varillas y vidrios rotos en la parte superior de los muros sobresalen.

Tomar foto tras foto es lo que mis amigos realizan mientras viajamos. “Mira, ese mural es muy bonito”; “está padre que pongan publicidad en los techos”; “este teleférico es muy bonito y seguro”, son frases que llegan a mi mente mientras me doy cuenta que olvidan que estamos en el municipio más poblado y satanizado de todo el Estado de México, lugar donde mucha gente que vive en la Ciudad de México, como ellos, no se acerca por gusto.

El recorrido, ida y vuelta, dura aproximadamente 35 minutos, en los cuales se olvida por completo la pobreza y los problemas de la gente que se asentó en el cerro y tierras que pueden caer con una lluvia torrencial, pues se observa la belleza del arte que se colocó en ese trayecto para luego venderlo en forma de rompecabezas, cucharas y postales en la tienda para los turistas como nosotros.

Salir  del teleférico y pisar la vía Morelos hace olvidar esa ilusión primermundista. Mis amigos se van en Mexibus. Yo subo un puente peatonal en construcción para ir al lado contrario y subir otro camión que pienso se desmantelará en cualquier segundo, aunque ahora su cartel tiene letras y números que forman la palabra Azteca 3ª.

En mi camino de regreso sólo pienso una cosa: la modernidad llegó a un lugar que no puede soportarla y logró cubrir un barrio pesado y triste. Vivo en una Europa llamada Ecatepec, que no le pide nada a Suiza. Tenemos un teleférico.

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