La crónica sobre un viaje en Cuba antes de Obama

En Cuba: las palabras que se quedan

Texto y fotografías por Mónica Vázquez Delgado

@MnicaVzquez2

¿Mexicana?

– Contigo es más fácil hablar, porque aquí le hemos sufrido, ustedes también le han sufrido. América ha sufrido, hablamos el mismo lenguaje, ¿me entiendes? – dijo Orlando, tomó un trago de su mojito y me volteó a ver. – Cuidado con los mojitos, porque el dulce engaña y luego el ron se te puede subir a la cabeza.

La tarde en que llegué a Cuba, ya se había ocultado el sol, el ambiente era húmedo y no había comido nada desde que inició el vuelo. Saqué el celular de mi bolsa, me percaté que no tenía ni una rayita de señal y uno de los trabajadores me ofreció su teléfono a cambio de un CUC (la moneda cubana exclusiva para turistas). Después comencé a desempacar y en el fondo de mi maleta encontré la libreta que metí para escribir al día lo que me pasaba, quería recordar cada vez que lo leyera.

Posteriormente, salí del hotel en busca de comida, caminé hacia el lado izquierdo, donde pude ver un supermercado, pensé: “tal vez compre unas galletas y agua”, había olvidado que entre los cientos de consejos  que me hicieron sobre el viaje era: “llévate botellas de agua desde México para que tengas y no gastes tanto allá”. Y sí, mientras caminaba venían a mi mente las frases de amigos, familiares, conocidos sobre Cuba y los consejos cuando se enteraron que iría sola.

“Ten cuidado, no salgas de noche”, “¿sola, nadie va contigo, por qué?”, “¿te vas a divertir?”, “¡disfrútalo mucho, te va ir bien!”, “son buena onda los cubanos, pero aguas, luego se quieren aprovechar de tu dinero”, “que tu instinto se convierta en tu guía”, “lleva dulces y ropa”, “deja que ellos te paguen el alcohol”, “no dejes que nadie te diga algo sobre Cuba, forma tu propio concepto cuando vuelvas” y muchas más fueron las frases que oí. Recuerdo que una tarde, mientras platicaba con una familia cubana, los primeros días, notaron cómo cuidaba mi bolsa y uno de ellos me dijo: “tranquila, ya no estás en México”. Era cierto.

13514265_1035894723124250_892520976_n

Antes de llegar al supermercado, una voz femenina me dijo: “mexicana, ven, ¿no quieres que te haga unas trencitas?, ¿buscas algo de comer? Yo te ayudo.” Entre la psicosis que ha estado heredando México estos últimos años, no volteé, pero ella corrió hacia mí. Era una mujer regordeta, con cabello largo, negro; en su mano traía un “catálogo” de diferentes formas de trenzas.

-¿Buscas algo de comida?

-Mmmm…-fue mi primera respuesta.- Sí, ¿conoce algún lugar barato?

-Sí, está la cafetería “La Amelia”. No está lejos. Ven, yo te llevo. A partir de ahora, si te preguntan, somos amigas y vienes a visitarme.

De las frases que me habían dicho, me vino a la mente la de: “que tu instinto se convierta en tu guía” y seguí a la cubana. Caminamos hacia el hotel y enfrente de éste, se hallaba la cafetería. Nos sentamos y ella habló:

-Te ves bien niñita. Aquí no te va a pasar nada. A ustedes (los turistas) los cuidan mucho, sólo fíjate bien en los muchachos, son coquetos, por jóvenes, pero nada te va a pasar. ¿Eres periodista, verdad?

Dejé de leer el menú, me quedé perpleja, asentí y le pregunté cómo sabía, ella sólo dijo: “Se te nota en la cara. Yo me llamo Tania, y ¿tú?”. “Mónica”, respondí.

Tania  pidió una ensalada de atún, yo un sándwich. Platicamos sobre la familia Castro, me comentó que era un “secreto a voces” que la hija de Raúl Castro era lesbiana y desde entonces ya era más visible la homosexualidad, todo esto lo contó en voz baja y mirando hacia a todos lados, asegurándose que nadie cercano pudiera oírla.

Nuestra plática fue interrumpida porque llegó un cubano: alto, calvo, delgado. Le dio un beso en la boca a Tania y se sentó al lado de ella.

-Él es Orlando, mi esposo. Te va ayudar a que mientras estés en Cuba te salga barato todo, para que no se aprovechen de ti.

-¿Qué quieres visitar? – preguntó Orlando.

-La Habana Vieja, Santa Clara, Plaza de la Revolución, Varadero…

-A todos esos lugares vamos a ir. ¿En qué hotel estás?

-“El Tritón”.

-¿A qué hora te veo mañana?

-A las 11.

Terminamos de cenar, subí a mi habitación, abrí mi libreta y comencé a escribir: “Conocí a una familia que se convertirá en mi guía…”

“Pues vámonos”

Cuando buscaba ofertas de paquetes de viajes, encontré la reservación en el hotel  “El Tritón”, recuerdo los comentarios que leí: “el elevador es lentísimo, está descompuesto”.

En la mañana, bajé a desayunar. Parte de mi paquete vacacional, incluía el bufé en uno de los restaurantes del hotel. Por cierto, era verdad, el elevador no funcionaba bien. Esperabas alrededor de 20 minutos en lo que subía o bajaba y era en ese lapso donde los turistas platicábamos. Una tarde, uno de los trabajadores del hotel venía oyendo a José José: “Cuidado mucho cuidado que estás tomando por un rumbo equivocado…”, se oía la canción, mientras seis personas subíamos y bajábamos por los pisos del hotel, esperando cada uno llegar a su destino: españoles, egipcios, chilenos y mexicanos.

“Antes venían más mexicanos, pero ya no. Ahora son más chilenos”, en una plática me comentó Orlando.

Galletas, huevo, café, fruta, fue mi desayuno; mientras en el restaurante desfilaron boxeadores que acaban de terminar su entrenamiento en las áreas verdes del hotel. Una señorita que se presentó como la gerente del hotel, se acercó a un grupo de europeos que se encontraban al lado de mi mesa, los saludó con halago. En esa hora del día, eran los únicos anglosajones, solamente a esa mesa se acercó y los saludó. Tiempo después me daría cuenta que al sector turístico de Cuba le atraían los dólares y euros, pero el pueblo cubano recibía al turista latinoamericano como a un integrante más de su familia. O quizá porque Orlando me mostró, como el la describe: “La Cuba que no te dicen”, esa que también forma parte del centro turístico de la Habana, pero está ubicada en rincones y atrás.

Llegaron las 11, bajé al lobby. 11:10: seguí sentada. 11:20: me cambié de sillón. 11:25: “ya no va allegar”, pensé. 11:30: Orlando entró al hotel, me saludó y dijo: “pues vámonos”.

-Eres la primera mexicana puntual que conozco – dijo Orlando mientras paraba un taxi, un coche de la década de los 50 que transportaba a otros turistas.

Las puertas de las casas cubanas siempre estaban abiertas. “¿Por qué?”, le pregunté a Orlando. “Porque no es México”, respondió sonriendo y luego dijo: “Hay que sacar la mala vibra”. También me contó que si quería probar la santería, le comentara, para que me llevara con alguien de su confianza y no me cobrara caro. Nunca le comenté.

La gente vende su trabajo: lectura de cartas, empanadas, recuerdos, libros y visitas guiadas como Orlando, que viven de las propinas de los turistas.

Caminamos por La Habana Vieja: música, baile, coches, restaurantes, mojitos, puros, cigarros, café, monumentos, historia, libros…

Un hombre tenía atados a sus pies y manos unos muñecos de felpa que tocaban instrumentos; los turistas pasaron, le tomaron foto, reían y aplaudían para que se repitiera el show. Orlando me dijo: “Tenemos que vivir del turismo”.  Nos dimos la vuelta y seguimos caminando.

Me llevó a la cantina “Dos Hermanos”, porque son más baratos los mojitos. Nos sentamos y brindamos porque estaba en Cuba. Platicamos de México, de los Castro, de Obama, de Estados Unidos y nuestras familias.

En un monumento a Martí, Orlando leyó: “Aquí no  se traicionan las ideas”, volteó a verme y dijo: “Ya se traicionaron, no veo otra”.

-Yo creo que el pueblo exige trabajo. Quizá cuando ya entremos al capitalismo, vamos a extrañar esto (socialismo). – dijo Orlando.

-¿Qué opinión tienen de Fidel? – pregunté.

-Fidel hizo todo hasta donde se pudo. Ya son otros tiempos.

-¿Hará falta una revolución?

-Sí y un Che también, pero adecuados a nuestros tiempos.

-¿Y Raúl Castro?

-Dice que estará hasta el 2018, después quién sabe.

-Están arreglando las calles, ¿verdad?

-Ya sabes, la política. (El 22 de marzo llegaba Obama)

 

13487627_1035894736457582_573716271_n

Capitolio en remodelación: “Ya sabes, la política”

Los cubanos lo llaman “Patrono Martí”, sospechan que Fidel mandó a matar al Che porque él quería quedar en la presidencia. Las librerías venden títulos como: Revolución, Che, Fidel, El Comunismo; su historia ya también entró al mercado turístico. Yo compré un libro de crónicas de Nicolás Guillén.

-Oye, ¿y ya encontraron a los de Ayotzinapa? – me preguntó Orlando

-No.

En la tarde comimos en una de las casas de amigos de Orlando. Arroz, plátanos, frijoles y carne de cerdo. Luego oímos música cercana de donde estábamos. “Es que aquí al lado practica un grupo musical, ¿quieres ir?”.

“Banda Benny Moré”, se leía un cartel en la entrada a la sala. Saxofonistas, un pianista, tres cantantes y uno en el güiro estaban practicando la canción Como fue, me vieron llegar  y uno de ellos gritó: “¡México, lindo!”; comenzaron a tocar los instrumentos y presencié el concierto en uno de los sillones de la sala.

Al llegar al hotel, Orlando me dijo: “No importa la cantidad, lo que tú quieras de propina. Mañana sí llegó temprano”.

Subí a mi habitación, saqué mi libreta y comencé: “Hoy fue un día muy cansado, pero hay palabras que se quedan.”

Sí estuve en Cuba

-Ponte más a la derecha, para que se vea el edificio. Tienes que tener una fotica de aquí, para que vean que sí estuviste en Cuba – me dijo Orlando y tomó mi cámara.

La Plaza de la Revolución se ha convertido en el espacio testigo de que uno estuvo ahí. Orlando me contó que en ese lugar Fidel daba sus discursos y la gente acudía atiborrando las calles aledañas. Como parte de mi protocolo de turista, quise comprar recuerdos, pero donde eran más baratos, con unos amigos de Orlando, en la Plaza de las Artesanías, cerca del malecón.

 

13522437_1035894733124249_661379363_n

Sí estuve en Cuba

“Guajira guantanamera, guantanamera, guajira guantanamera .Yo soy un hombre sincero de donde crecen las palmas”, un artesano me recibió en su local cantando. “Llévate cualquier instrumento y te regalo otros dos”, me dijo. Sonreí.

Caminamos un rato, en lo que elegía muñecas, llaveros, carros de madera para llevar a México y (además de mi foto), comprobar que estuve en Cuba. Nos sentamos cerca del malecón.

-¿Te quieres subir a un barco? – preguntó Orlando.

-Sí – respondí.

-Ven, yo pago.

Nos subimos al barco que transporta cubanos para cruzar el mar. Era como un colectivo marítimo. Orlando me disparó algo que parecía una empanada de coco. “Bienvenida a Cuba”, me dijo sonriendo, mostrándome el mar.

 

13480040_1035894726457583_1948138347_n

“Bienvenida a  Cuba” 

Al bajar del barco, me mostró una iglesia cercana. Entramos. Señaló a la Virgen de la Regla, conocida por ser cuidadora de marineros. Orlando se hincó frente a ella y pidió algo que se oyó entre rezos. Algo que solamente escuchó  la Virgen.

El calor por la tarde se acentuó y Orlando me contó de la heladería más famosa: Coppelia.

Tres bolas de helado de naranja con galleta espolvoreada y un vaso de agua. Haces fila al exterior e interior. Los famosos helados cubanos.

Camino al hotel, nos bajamos de la guagua mucho antes, porque Orlando me iba presentar a un amigo suyo que vendía habanos (puros), los cuales les daba el gobierno como parte de su “despensa” mensual.

Entramos por la puerta de atrás, en el jardín nos esperaba un hombre alto, fornido, con la caja de habanos envueltos con tres prendas de ropa y nos reunimos en círculo, hablando en murmullos.

-Dame 10 CUC. Afuera está más caro. Son 25 puros. – me dijo el amigo de Orlando.

-Mmm…bueno – respondí. Algunos amigos me habían pedido que trajera puros, pero ¿25?

-No pasa nada. Tranquila. – me dio unas palmaditas Orlando.

Salimos corriendo con la caja envuelta. “Cuando entres al hotel, tranquila”,  rió Orlando.

“Lo que pasa en Cuba, en Cuba se queda. Tenemos que vivir bien nuestra única vida”

“Hoy fui a Guanabo, una playa muy bonita”…comencé a escribir en mi libreta.

Cuando bajamos de la guagua, caminábamos por cemento, hasta que poco a poco la arena comenzó a meterse dentro de mis zapatos. Me los quité y corrí hacia la playa.  Grupos de italianos estaban instalados: sombrilla, cervezas, balones, bocinas y música electrónica.

Le disparé unas cervezas Bucanero a Orlando y nos sentamos.

-A mí ni me gusta esto (playa). Prefiero los ríos. Además siempre veo lo mismo – me dijo y juntamos nuestras lastas de cerveza para decir “salud”.

-¿Aquí vienen muchos italianos?

-Sí, últimamente sí. Se quedan muchas semanas. La próxima vez que vengas, tienes que venir con amigas. Verás que conocerás otra Cuba. Como dicen: “Lo que pasa en Cuba, en Cuba se queda”.

-¿Te enamoraste de alguna extranjera?

-Sí, una (extranjera) de Costa Rica. Me pasó su dirección para que le escribiera, me dijo que nos casaríamos y nos iríamos de aquí.

-¿Y luego?

-Era una dirección falsa y Tania me descubrió. Pudimos arreglar todo. Es la única vez que la he engañado, pero es que quería salir. Bueno, también como dicen: “tenemos que vivir bien nuestra única vida”, ¿me entiendes?

-Sí.

Las tardes en Cuba no se miden con el reloj, se miden conforme el sol va escondiéndose, y la noche es la otra parte del día en Cuba. La música y las historias no cesan.

-Vamos por algo de comer, ¿no? – dije

-Vamos.

Nos levantamos, tomamos un taxi a la Habana y comimos en un restaurante, pedimos arroz, camarones, mojitos y sin fijarme la cuenta llegó y me faltaban 10 CUC. Mi cara de nerviosismo la notó Orlando, así que me dijo: “Tranquila, dejo mis papeles, vamos al hotel, me das el dinero y yo paso por mis papeles. No pasa nada.” Asentí.

Me mostró el Hotel Nacional, el más caro de Cuba, donde se encuentran las fotografías de figuras públicas que han visitado este país y hospedado ahí. En el patio central del hotel, algunos turistas tomando el mojito más caro de la Habana con músicos privados para cada mesa. “Cuba vive del turismo”, recordé la frase Orlando.

De regreso al hotel, ya era costumbre, que lo saludaran constantemente a Orlando. Me presentaba a sus amigas y amigos. Uno de ellos, en alguna ocasión me dijo: “Estás con el mejor de aquí eh. Verdaderamente vas a conocer Cuba”.

Subí a mi habitación, bajé por el dinero que debía en el restaurante y se lo di a Orlando. “Gracias”, le dije. “Tranquila, no pasa nada.”, dijo dándome unas palmaditas.

Faltaba un día para regresarme y las hojas de mi libreta también lo sabían; quedaban ya muy poco espacio en blanco.

Cuídate, Orlando

El penúltimo día, salí a caminar alrededor del mar, el cual quedaba enfrente de mi hotel, Por la tarde fui a la cafetería “La Amelia”, el lugar donde conocí a Tania y Orlando. Comí una hamburguesa y al salir me encontré a uno de los amigos de Orlando, estaba con otros cubanos.

-Mónica, ¡ven! – me dijo. Orlando nos había presentado.

-Hola, ¿cómo está?

-Bien, acabo de conocer a unas mexicanas como tú. Ya les estoy mostrando Cuba.

Al amigo de Orlando lo había conocido en la Habana, cuando él era el guía de un matrimonio mexicano y nos presentaron. “Esta niña lleva con él (Orlando) más de dos días, andan para todos lados y no le ha pasado nada. Y…está viajando sola, ¿esto pasaría en México?”, me dijo el amigo de Orlando. “No, no creo”, respondí. “Cuba es segura”, dijo.

El matrimonio mexicano se me acercó, mientras Orlando y su amigo platicaban.

-¿Todo bien? – preguntó la mujer.

-Sí, todo bien. Gracias. ¿Por?

-Pues porque estás viajando sola…¿estás segura con él? – dijo la mujer y señaló con la mirada a Orlando.

-Gracias, en serio. Todo está bien.

-Lo que necesites, estamos en el (hotel) “Tritón”. Te dejamos el número de la habitación – me dijo su esposo, dándome un papel.

No recordaba el nombre del amigo de Orlando, pero nunca olvidaré que él siempre me ubicaba como la “mexicana que estuvo segura varios días con un cubano”.

“Cuando te vayas, junta tus jabones, pasta de dientes y todo. Dáselo a Orlando y Tania. Para nada se te ocurra dárselos a las camareras, porque ellas vienen y nos la ofrecen a nosotros al doble de precio”, me dijo el amigo de Orlando. Nos despedimos, mientras cruzaba la calle hacia mi hotel y gritó: “¡México tiene que regresar eh. Cuba la espera!” Sonreí: “Claro que sí”.

La mañana siguiente empaqué ropa y momentos. Mi maleta pesaba de recuerdos físicos y mi libreta de pensamientos.

Orlando pasó por mí y junto con otro amigo suyo me llevaron al aeropuerto, bueno, Orlando se bajó unas calles antes, porque había quedado de ver a otros turistas para darles una visita guiada por la Habana.

-Gracias por todo – le dije y estrechamos la mano.

-Ya tienes mi número, para que me recomiendes con amigos o cuando vuelvas. ¿Cuándo regresas?

-Espero pronto.

-Cuídate, Mónica.

-Cuídate, Orlando.

Como dijeron unos lingüistas citados en el libro Los museos y sus visitantes: “Cuando hacemos uso del lenguaje, ofrecemos una versión del mundo”. Orlando y Tanía me entregaron una versión de Cuba y yo acabo de entregar otra a través de este texto.

3 thoughts on “La crónica sobre un viaje en Cuba antes de Obama

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *