#Crónica: un organillero en la Ciudad tocando historia

“Cargando la tradición, tocando la historia”

 

Texto y fotos por Karen Arlette Trejo Pérez

@Arlette_Trejo

 

A pesar del ruido que los automovilistas producen con el claxon, el silbido ensordecedor de los policías de tránsito, los murmullos de pláticas pasajeras,  el roce de los zapatos de la gente con el suelo agrietado de tonos rojizos; hay un sonido que se niega a dejar de persistir: la música de los organilleros. Sí, esas melodías tocadas por los hombres de uniforme caqui, indumentaria utilizada en honor a la división de “Los Dorados” del revolucionario mexicano Francisco Villa.

“Las golondrinas” se escuchan en su punto más alto justo enfrente de la Secretaría del Medio Ambiente (SEDEMA), ubicada en el Zócalo, pues ahí está parado Felipe Arellano, detrás de un cilindro girando la manija circularmente mientras disfruta de la parte favorita de su empleo: ver pasar a la gente.

El hombre de 38 años viene acompañado de su sobrino John Marlon, un adolescente de 16 con un arete de brillos blancos en la oreja izquierda, que estira su brazo y la gorra en mano hacia todas direcciones. Ellos esperan recibir una moneda. “¿Gusta cooperar?”, dice el joven a las personas que caminan por el lugar con bultos, bolsas y mochilas a su máxima capacidad, o escribiendo en el celular sin prestar atención a los sonidos de su entorno.

Por la esquina viene una familia. Los papás traen de la mano a un niño de short amarillo, de aproximadamente siete años. Desde lejos, la mamá ve al par de uniformados y comienza a meter sus manos en las bolsas delanteras del pantalón. No halla lo que busca, entonces recurre a las traseras y encuentra un par de monedas. La mujer entrega el dinero al infante y éste corre, sin dejar de mirar a sus padres, a depositarlo en la gorra de John, quien descansa unos minutos con el pie recargado en las paredes de piedras cuarteadas de la SEDEMA.

“Con la ayuda que nos dan, podemos pagar la renta diaria del organillo. Nos cobran 150 pesos y a lo mucho llegamos a ganar 250 en una jornada. Es decir, de 3:00 a 8:00 p m.”, comenta el también llamado cilindrero cuando una gota de sudor recorre su patilla. La sombra de los muros es insuficiente para sentirse fresco, ni el viento repentino estabiliza la temperatura del exterior.

                                                        Felipe Arellano.

 

Entre ambos cubren la cuota del organillo a uno de los 30 dueños que existen en el país, según la cifra manejada por la Unión de Organilleros del Distrito Federal y la República Mexicana, fundada en 1975. El sitio a donde van a recogerlo cada tarde queda a 20 minutos de la Plaza de la Constitución. “Lo más complicado de mi oficio es traer cargando este instrumento. El sol no se presta para hacer más amena la caminata, pero al final vale la pena escuchar su música durante horas”, menciona.

El rostro de una señora se ve fragmentado por los continuos vaivenes de su abanico rojo, decorado con figuras orientales de hilos dorados. Detiene su andar frente al organillero para pedirle “Las Mañanitas”. Como las complacencias no llegan solas, deja 10 pesos sobre el instrumento de 50 kilos de madera.

El mexiquense de tez morena y ojos café claro confiesa que el repertorio musical de su organillo le fascina, sin embargo, siente algo muy especial cuando toca “Cielito lindo”, le recuerda el origen de su trabajo. Su tío le enseñó a gozar de esta actividad que llegó a México en 1884. De acuerdo con el libro La vida de los organilleros: tradición que se pierde (2005), del antropólogo mexicano Víctor Inzúa, “la casa alemana de música Wagner & Levien trajo las primeras piezas”.

Las notas de su melodía favorita continúan penetrando los oídos de los transeúntes; pero antes de que culmine, Felipe Arellano expresa, con las comisuras de su boca elevadas, qué es para él un organillero: “Se trata de hombres y mujeres portadores y difusores de la cultura popular mexicana. El organillero es, como lo decimos mis colegas y yo, quien tiene la oportunidad de ir por las calles cargando la tradición, tocando la historia”.

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