2 de octubre desde la mirada infantil

El octubre de Lucía

Por: Paola Alejandra

@cereza_yop

Fotos Internet

Aquel día se quedó para no olvidarse, algunos dicen que no sucedió, otros que así debió ser, pero simplemente, esto no debió pasar. Todos conocen las historias de los estudiantes que se rebelaron en contra del sistema, que exigían respeto, paz y un cese a las agresiones a los que eran sometidos, en su mayoría; por el hecho de ser jóvenes y/o estudiantes.

Sin embargo no todos los jóvenes agredidos tenían aquella conciencia de poder exigir lo que se merece, o de poder exponer ideas, inconformidades; había estudiantes adolescentes, que simplemente eran eso, asistían a clases y llevaban la vida normal y cotidiana de aquella época sesentera.

La secundaria Técnica II “Miguel Lerdo de Tejada” solamente era para niñas, se encontraba ubicada en El Centro Histórico, sobre la calle de República de Guatemala, esquina con El Carmen, muy cerca del Barrio Universitario, en la esquina la Hemeroteca que el día de hoy forma parte del Museo de la Luz; en esa calle pasaban los camiones sobre un pavimento abultado, que subía y bajaba, años más tarde se descubriría el Templo Mayor, éstas eran las características que Lucía podría describir de lo que se encontraba alrededor de su escuela.

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Finalizaba el mes de septiembre y la directora les dio la noticia que debían irse, pues había trifulcas y ciertos alborotos afuera, lo mejor sería que volvieran a su casa, las alumnas no entendían, así pues, se remitieron a las órdenes que les indicaban, y salieron de la escuela.

Lucía tenía una familia tradicional, su madre exigente, su padre más suave, sus hermanos, menores que ella, su abuelita, la típica tierna abuelita que adora a sus nietos, esa era la vida de Lucia, obedecer, de su casa a la escuela y de la escuela regresar directo a casa, su tío era dueño de la línea de camiones que pasaba por su casa y la transportaban a la escuela, así que ella tenía el privilegio de no pagar el pasaje, un alivio para la economía de su casa.

Al salir de la escuela, Lucía encontró camiones quemados y “secuestrados”, decidió continuar a pie, aún era temprano para  llegar a buena hora, su padre le daba 60 centavos, entonces, para aguantar aquel camino compro un pan dulce.

Caminando sobre la calle del Carmen venia un grupo de muchachos corriendo, ella se asustó, se detuvo en el marco de la gran puerta de la Hemeroteca, aquellos muchachos se pusieron frente a ella y entre gritos y movimientos, unos soldados que venían en su persecución hirieron a un joven, probablemente estudiante, con un arma, que ahora sabe, era una bayoneta, los gritos de “¡Córrele, no mires, no pares de correr!” no los olvida.

La Plaza de la Constitución estaba vuelta loca, había máquinas de escribir tiradas en el suelo enfrente del edificio de gobernación, tanques, soldados; tenía razón la directora, había revueltas, la mochila le pesaba tanto, pero su padre se la había comprado con mucho esfuerzo, era una mochila de piel, pesada por los libros y cuadernos.

El camino a casa de Lucía era fácil, pero después de haber pasado por lo anterior, se le complicaba, cruzaba las calles de Tepito cansada y sedienta. Cuando se encontró a un hombre que le parecía enfermo, sentado en la banqueta, éste le pidió ayuda para  buscar una ficha de refresco, al parecer se aplicaría un medicamento, o eso es lo que Lucía pensaba, él tenía un aspecto enfermo, sudoroso, fue un suceso extraño, que al final le causo miedo y se alejó.

Continuo el camino a casa, pasó por el mercado local, lo único que tenía en mente era ir a la llave del agua y poder beberla, cansada del camino, pero cerca de su casa, seguía recapitulando lo sucedido desde la salida de la escuela, por fin llegó a su destino, acertando el cálculo de la hora cuando salía normalmente de la escuela.

Así pasaron otros tres días en los que la escuela pedía volvieran a sus casas por lo inseguro de permanecer ahí, su madre era un poco incrédula al respecto, pensaba que era más bien pereza; su tío,  el dueño de la línea de aquellos autobuses, le pidió anotar las placas de estos, entonces saber cuántos y cuáles eran las unidades perdidas.

El tercer día de regreso a su escuela, un volante llegó a sus manos, en éste se convocaba a un mitin el dos de octubre, en la Plaza de las tres culturas, a las cinco de la tarde, Lucía quiso ir con una amiga y su hermano Miguel, que era menor. Esa tarde  tuvo que mentir y obtener el permiso para salir, se unieron a los estudiantes en camino a Tlatelolco, el mitin ya estaba tardando demasiado y ellos tenían que volver antes de las siete de la noche.

Finalmente lograron volver a sus casas, después de correr como nunca para llegar a tiempo, ya desde su casa se escucharon unos tronidos, Lucía pensaba que eran cohetes, pero su papá que ya era mayor, dijo: “esos no son cohetes, esos son balazos”.

1968

Lucía pensaba en lo que sucedía en sus alrededores, aquel joven herido, las revueltas, las manifestaciones de las que fue testigo por la ubicación de su escuela. Había llegado la noche, para la hora del noticiero televisivo, Lucía y su familia terminaba de cenar, ¿la noticia? “Hoy fue un día soleado”

Hoy en día la historia continúa escribiéndose, se puede investigar, con sus bemoles, con ciertas restricciones, pero existen testimonios, documentales, libros, un memorial que tal vez puedan responderse a algunas preguntas, pero hay una que sigue en la incertidumbre: ¿por qué?

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